No estábamos destinados a ser

el-tiempo-entre-costuras-antena-3-sira-quirogaTe estuve esperando toda mi vida y, al final, apareciste. Esta podría ser la primera frase de cualquier novela, pero en cambio lo es de nuestra historia. O, mejor dicho, lo era. Pensaba que nunca te irías o al menos yo soñaba con ello, pero resultó ser un espejismo, una absurda e infantil quimera. Casi desde el principio nuestros caminos discurrían por separado, como dos ríos que se afanan en abrazar sus caudales. Nosotros lo conseguimos, pero los dos sabíamos que esa gloria no sería eterna, que la palabra siempre no existía para nosotros. Fantaseamos con el futuro, e incluso llegamos a creer que nuestros sueños se harían realidad, como en los cuentos. Qué equivocados estábamos. Quizá ni siquiera estábamos equivocados, porque incluso cuando nos sentíamos borrachos de felicidad subyacía un poso de tristeza que inevitablemente lo enturbiaba todo. Tal vez en el fondo de mí sabía que estábamos condenados a la fugacidad, que el tiempo corría en nuestra contra y que cada segundo era un regalo. La realidad era una losa demasiado pesada para mí, demasiado certera como para ignorar su existencia. Y, finalmente, sucedió lo que tanto temía, nuestro tiempo se acabó y tocaba separarnos. Era el siguiente paso, el último capítulo de nuestra historia. No sé si te odio, si me resultas indiferente, si me causas dolor o alegría por todos los momentos vividos a tu lado. Lo único que le pido a la vida es comprender por qué tú y yo no estábamos destinados a ser, y algo dentro de mí me dice que tarde o temprano averiguaré la respuesta al enigma.

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Invierno sin ti

Invierno sin ti

El invierno se acerca con paso tembloroso y ya no tengo tu mano para que me sostengas, para que me empujes a avanzar. No, no necesito a nadie que mueva mis hilos como si fuera una marioneta, pero me gustaba tener un compañero de vida, alguien que caminara a mi lado y fuera mi confidente, mi amigo, mi amor. ¿Te acuerdas de aquel día que fuimos a pasar la tarde a la sierra y perdimos el autobús de vuelta? Tuvimos que dormir al ras de las estrellas y todo el firmamento parecía nuestro. Hablamos de nuestros sueños, de nuestros miedos, de nuestros proyectos de futuro. Un futuro común, diseñado para los dos. Nos susurramos mil veces que nos queríamos y la luna nos guardó el secreto. Me dormí sobre tu regazo y tú te quitaste el abrigo para que yo no tuviera frío. Quizá contigo siempre sentí algo de frío, el frío que generan las pasiones efímeras y que hacen arder las entrañas. En mi interior sabía que no tendríamos esa casa tan grande con niños correteando por los pasillos y que tampoco nos casaríamos a la orilla del mar. Deseaba con todo mi corazón que sucediera, pero mi intuición me ponía la zancadilla a cada instante, me cortaba las alas y me obligaba a mirar de frente a la realidad. Por eso contigo siempre fui con pies de plomo y eso a ti te dolía.

Hoy me he despertado y ya no estabas a mi lado. Qué tonta, llevas meses sin estarlo, ya he perdido la cuenta. Tengo miedo de no volver a enamorarme, de no conectar tan espiritualmente con nadie como lo hacía contigo. Sin embargo, hoy sé que las buenas rachas no duran eternamente, pero las malas tampoco.

La concha de nieve

La concha de nieve

Su larga trenza con olor a canela y azahar

Esa mirada limpia y aguamarina que siempre amanece con una nube de amor

Sus manos delicadas, níveas y de dedos esbeltos

Labios tibios color de sangre

Sus orejas son pequeñas y aterciopeladas

Tiene la nariz tímida y chata

Lee. Ella constantemente lee. Pero cuando se aburre nunca más vuelve a tocar ese libro.

-¿Me quieres- Pregunta él.

-A veces- Responde ella.

Ella dice que está buscando una concha chiquitita y blanca como la nieve para hacerse un collar.

Él va a la playa todas las mañanas con el anhelo de encontrar esa concha, pero solo tropieza con conchas parduscas, azabaches y tostadas.

-¿Te gusta alguna de estas, amor?- Pregunta él.

-No- Responde ella.

Una tarde de jueves del mes de noviembre ella decidió que iba a salir a buscar la concha blanca. Hacía tres días y tres noches que el cielo lloraba sin consuelo, exactamente el mismo tiempo que ella llevaba acostándose en una cama vacía. Ella también lloraba. Lloraba gotas de lluvia y amor. Ella salió de casa y caminó a paso rápido hasta que alcanzó la playa. El viento le soplaba con violencia en la cara y enredaba sus lacios cabellos de sol. Se apresuró hasta la orilla con el propósito de hallar por fin la concha blanca. Las olas batían enrabietadas y le impedían vislumbrar la tonalidad de las conchas. La arena se colaba entre las uñas y los dedos de sus pies, produciéndole un escozor insoportable.

De repente algo crujió bajo su pie derecho y un dolor punzante buceó hasta sus sienes. Se agachó y descubrió que tenía algo clavado en la planta del pie. Lo despegó con sus frías manos. Era una concha. Era una concha blanca, aunque bañada por las lágrimas de sangre que su propio pie había llorado. La concha blanca estaba partida, fragmentada, descompuesta. La concha blanca estaba rota.

Contempló durante largo rato la concha. Tal vez ese trozo de concha de nieve fuera un espejo roto de sí misma. Ella lanzó la concha al mar con pueril vehemencia.

-No me gustan las conchas. Ni la arena. Hacen daño en los pies- Pensó.

Ella dio la espalda al mar y emprendió el camino de vuelta a casa. Ella estaba descalza. Ella estaba sola.

 

Esta noche no había luna

Esta noche no había luna

Hoy lo he vuelto a hacer. Supongo que no puedo evitarlo. Pero, una vez más, no estabas. Cada noche veo pasar las horas junto a la ventana, mirando a través de ella con la esperanza de que vuelvas, pero nunca lo haces. Paso las noches en vela recostada en el sillón pequeño donde siempre te sentabas a leer el periódico mientras yo terminaba de vestirme. ¿Sabes? Todavía huele a ti, por eso me gusta sentarme en él, porque si cierro los ojos imagino que aún estás aquí, abrazándome mientras yo me quedaba dormida viendo alguna película. Siempre te enfadabas conmigo por eso. Pero te fuiste, y ya nadie me regaña cuando me duermo antes de que acabe la película ni yo tampoco me enfado cuando me llamas por la noche y te quedas dormido hablando conmigo. No me enfado porque no me llamas. Es curioso, pero echo de menos discutir contigo. Sin embargo, hoy no he visto amanecer porque me he quedado dormida mientras te esperaba. Esta noche no había luna.