Inocencia

inocenciaLa inocencia es un vestido de algodón, blanco.

Con el aire de verano su tela regurgita, baila, y yo me dejo llevar hasta que las luces se apagan.

Es el vaho de tu primer beso, ese que apenas recuerdas.

Pero también es el beso salado y vehemente de la persona que te prometió volver y que nunca lo hizo, a pesar de que creíste que lo haría.

Eso es la inocencia.

Son los primeros pasos de un bebé que empieza a amar la vida, son sus torpes balbuceos, sus primeras palabras.

La risa de un anciano que, sentado en un banco del parque, mece a su nieta sobre sus rodillas mientras le lee un cuento.

La inocencia es comprarte un helado de chocolate justo el día que has decidido sacar del armario los pantalones amarillos. Y mancharte. Y que te dé igual.

Es cantar a pleno pulmón los grandes éxitos de los 2000 en un karaoke de mala muerte, a las 4 de la mañana, delante del tío que te gusta.

Deshojar una margarita sin formular una pregunta. Comerte sus pétalos.

Mirarte en el espejo sin complejos.

Me gusta esculpir sirenas hundiendo mis manos en la arena mojada, a pocos pasos de la orilla. Eso también es inocencia.

Es confiar en que mañana dejará de llover.

Pero lloverá, siempre llueve.

Y tú, ¿estás?

Bendita inocencia.

 

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Historia de un beso

marinero enfermera

El susurro de un tango a lo lejos. Yo me mezo, me acerco, te beso. He aguardado tanto tiempo este momento que tu beso es como los destellos de un sueño, fulgores de un mundo de fantasía. Mi estómago revolotea, burbujea, y un inquieto manojo de ilusiones me oprime el pecho y me impide respirar. Al principio es un beso furtivo, travieso, aventurero, que se lanza a explorar territorio desconocido. Parajes exóticos que me seducen y me embrujan como si de un elixir fantasmagórico se tratase. Tu lengua juega al escondite pero yo la encuentro, y no la dejo escapar nunca más. Y es entonces cuando tu lengua y la mía entran en guerra, una guerra en la que no existe la tregua, una guerra en la que ninguno queremos firmar la paz. Después vienen las caricias, una detrás de otra, y nuestros cuerpos bailan un sibilino vals hasta el amanecer.

Y, sin embargo, qué distinto fue nuestro último beso. Un beso que gritaba todas las palabras no dichas, todos los reproches, nuestros duelos más ocultos. Tal vez lo más amargo de todo es que ni siquiera fue un beso con sabor a despedida, sino que estaba disfrazado de punto seguido, cuando en realidad era el más crudo final. Quizá sea imposible recordar todos los besos que nos dimos pero, como con toda buena historia, juro recordar el primero y el último, el principio y el final.