Viajar

cherry blossom

Washington DC. Foto: Instagram @cbezerraphotos

 

Viajar, eterna libertad

Traspasar fronteras, ideologías, religiones, corazones

Cada poro de tu piel se cose con hilos invisibles al imaginario del Universo

Tus sueños ya no son solo tuyos, se derraman por el cielo como si fueran polvo de estrellas

Aspirar hasta la extenuación cada nuevo olor, duchar tus pulmones con esencias exóticas

Deleitarte con sabores de otras tierras que también son tu tierra, desgajar sus texturas, navegar por sus especias

Tararear y bailar sus canciones hasta que te duelan los pies, interiorizar sus ritmos, asimilar sus acordes

Quedarte atrapada en sus bosques y ser prisionera de sus flores, de sus árboles, de su naturaleza

Aprender su lengua, deletrear sus palabras, pronunciarlas con mimo y respeto

Interesarte por su historia, por su cultura, por su literatura y por su política

Observar sus costumbres, estudiar sus rutinas

Caminar por senderos infinitos, hundir tus pies en el barro

Patear las ciudades con un impulso obsesivo, escudriñar cada callejuela, incluso sus rincones exentos de belleza

Tumbarte desnuda en la arena de una playa desierta y devorar una novela

Mezclarte con las personas de ese lugar, fusionarte con ellas, abandonar por unos minutos el tiránico “yo”

Entrar en un cine a ver una película o en un teatro a disfrutar de un espectáculo, aunque no entiendas nada

Meterte en un bar y beber lo que pida la gente

Encontrar tus puntos de unión con otros pueblos, resquebrajar las ataduras de hierro que nos encadenan a un solo país, nuestro país

Saltar al vacío sin red, de espaldas y con los ojos cerrados

Huir de la estrechez de miras y ampliar tu horizonte hasta desgastarlo

Grabar en tu mente cada momento, apuntar en una libreta las anécdotas que hagan vibrar tu corazón

No descartes ningún país, porque en cualquiera puedes hallar aquello que llevas años buscando

Roma, París, Barcelona, Madrid, Sidney, Ciudad de México, Estambul, Marrakech, San Francisco, Buenos Aires, Nueva York, Londres, El Cairo, Pekín, Tokio, Dubái

El destino da igual, la meta es trascenderse, la dirección final eres tú

VIAJAR

costa amalfitana

Costa amalfitana. Foto: Instagram @wonderful_places

 

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No estábamos destinados a ser

el-tiempo-entre-costuras-antena-3-sira-quirogaTe estuve esperando toda mi vida y, al final, apareciste. Esta podría ser la primera frase de cualquier novela, pero en cambio lo es de nuestra historia. O, mejor dicho, lo era. Pensaba que nunca te irías o al menos yo soñaba con ello, pero resultó ser un espejismo, una absurda e infantil quimera. Casi desde el principio nuestros caminos discurrían por separado, como dos ríos que se afanan en abrazar sus caudales. Nosotros lo conseguimos, pero los dos sabíamos que esa gloria no sería eterna, que la palabra siempre no existía para nosotros. Fantaseamos con el futuro, e incluso llegamos a creer que nuestros sueños se harían realidad, como en los cuentos. Qué equivocados estábamos. Quizá ni siquiera estábamos equivocados, porque incluso cuando nos sentíamos borrachos de felicidad subyacía un poso de tristeza que inevitablemente lo enturbiaba todo. Tal vez en el fondo de mí sabía que estábamos condenados a la fugacidad, que el tiempo corría en nuestra contra y que cada segundo era un regalo. La realidad era una losa demasiado pesada para mí, demasiado certera como para ignorar su existencia. Y, finalmente, sucedió lo que tanto temía, nuestro tiempo se acabó y tocaba separarnos. Era el siguiente paso, el último capítulo de nuestra historia. No sé si te odio, si me resultas indiferente, si me causas dolor o alegría por todos los momentos vividos a tu lado. Lo único que le pido a la vida es comprender por qué tú y yo no estábamos destinados a ser, y algo dentro de mí me dice que tarde o temprano averiguaré la respuesta al enigma.

Invierno sin ti

Invierno sin ti

El invierno se acerca con paso tembloroso y ya no tengo tu mano para que me sostengas, para que me empujes a avanzar. No, no necesito a nadie que mueva mis hilos como si fuera una marioneta, pero me gustaba tener un compañero de vida, alguien que caminara a mi lado y fuera mi confidente, mi amigo, mi amor. ¿Te acuerdas de aquel día que fuimos a pasar la tarde a la sierra y perdimos el autobús de vuelta? Tuvimos que dormir al ras de las estrellas y todo el firmamento parecía nuestro. Hablamos de nuestros sueños, de nuestros miedos, de nuestros proyectos de futuro. Un futuro común, diseñado para los dos. Nos susurramos mil veces que nos queríamos y la luna nos guardó el secreto. Me dormí sobre tu regazo y tú te quitaste el abrigo para que yo no tuviera frío. Quizá contigo siempre sentí algo de frío, el frío que generan las pasiones efímeras y que hacen arder las entrañas. En mi interior sabía que no tendríamos esa casa tan grande con niños correteando por los pasillos y que tampoco nos casaríamos a la orilla del mar. Deseaba con todo mi corazón que sucediera, pero mi intuición me ponía la zancadilla a cada instante, me cortaba las alas y me obligaba a mirar de frente a la realidad. Por eso contigo siempre fui con pies de plomo y eso a ti te dolía.

Hoy me he despertado y ya no estabas a mi lado. Qué tonta, llevas meses sin estarlo, ya he perdido la cuenta. Tengo miedo de no volver a enamorarme, de no conectar tan espiritualmente con nadie como lo hacía contigo. Sin embargo, hoy sé que las buenas rachas no duran eternamente, pero las malas tampoco.

Historia de un beso

marinero enfermera

El susurro de un tango a lo lejos. Yo me mezo, me acerco, te beso. He aguardado tanto tiempo este momento que tu beso es como los destellos de un sueño, fulgores de un mundo de fantasía. Mi estómago revolotea, burbujea, y un inquieto manojo de ilusiones me oprime el pecho y me impide respirar. Al principio es un beso furtivo, travieso, aventurero, que se lanza a explorar territorio desconocido. Parajes exóticos que me seducen y me embrujan como si de un elixir fantasmagórico se tratase. Tu lengua juega al escondite pero yo la encuentro, y no la dejo escapar nunca más. Y es entonces cuando tu lengua y la mía entran en guerra, una guerra en la que no existe la tregua, una guerra en la que ninguno queremos firmar la paz. Después vienen las caricias, una detrás de otra, y nuestros cuerpos bailan un sibilino vals hasta el amanecer.

Y, sin embargo, qué distinto fue nuestro último beso. Un beso que gritaba todas las palabras no dichas, todos los reproches, nuestros duelos más ocultos. Tal vez lo más amargo de todo es que ni siquiera fue un beso con sabor a despedida, sino que estaba disfrazado de punto seguido, cuando en realidad era el más crudo final. Quizá sea imposible recordar todos los besos que nos dimos pero, como con toda buena historia, juro recordar el primero y el último, el principio y el final.

El mar

El mar

Susurro, silabeo tu nombre en el silencio de la noche y las olas del mar lo escupen en partículas de eco. Ahora tu nombre suena extraño, distorsionado, estéreo, escéptico, distante, lejano. Tú te fuiste, pero el mar todavía esconde cada beso que nos dimos, cada caricia, cada sueño compartido. Nadamos en un océano de promesas imposibles, de palabras absurdas que hoy parecen impronunciables. El agua ha borrado tus huellas y tu chaqueta azul marino ya no está tendida en el sillón. Tus libros han desaparecido de la mesita de noche y tu taza de café no está sin fregar en la cocina. La cama es árida como un desierto y las sábanas, pulcras, están frías. Todas las noches le pregunto al mar si vas a volver y un torbellino de emociones secuestra mi cuerpo. Los resquicios de mi alma conocen la respuesta. Lágrimas ardientes escapan de mis ojos y corren a fundirse con el torrente oceánico. El mar guarda un poco de ti, de mí, de nosotros. Hoy no le preguntaré al mar si regresarás a mi lado. Hoy voy a preguntarle si seré capaz de olvidarte.

Siempre es solo un recuerdo

Siempre es solo un recuerdo

Tejería cada recuerdo con hilo de oro y lo trenzaría primorosamente en los albores de mi memoria para que nunca te vayas, para que te quedes siempre conmigo. Nos creímos eternos y olvidamos que la eternidad no es más que un instante, un parpadeo en la férrea dictadura del tiempo. Mi tiempo, tu tiempo, nuestro tiempo ya no existe.

Es el silbido impertinente en un vagón de tren, el poso en una taza de café, la nube de tristeza en la mirada de un niño. ¿Y si intentaras abrazar al Sol? Tú te quemas, pero el Sol se apaga. ¿Y si intentaras robar una estrella? Por mucho que volaras, no llegas. ¿Y si intentaras deshojar una margarita? Es fácil, no te costaría demasiado, pero después de llorar todos sus pétalos se esfumaría su belleza, y solo quedarías tú.

Deambulamos embaucados por el efecto balsámico de la palabra “siempre” y un día sus letras se desvanecen porque siempre es un momento, un segundo. Siempre es hoy, siempre es ahora, pero mañana no. Y, sin embargo, los recuerdos son mi patrimonio, mi insignia, mi historia, y lo serán siempre… O, al menos, lo serán hoy.

Pongamos que hablo de Roma

Pongamos que hablo de RomaEsa ciudad donde todo es posible, esa ciudad en la que aparece la magia cuando se apagan las luces, cuando la noche asfixia al sol y se filtra por todas sus callejuelas. Si tuviera que elegir mi rincón favorito de Roma, elegiría sus plazas de madrugada. La luna, tramposa, ilumina las esquinas d’ogni piazza como si fuera la única en el mundo.

Sono innamorata delle scale della Piazza Spagna, capaces de albergar desde agotados turistas a grupos de amigos deseosos de charlar.

Sono innamorata del Giardino degli Aranci, de sus miradores, de las naranjas esparcidas por la arena e incluso de aquellas palomas que vuelan tan bajo.

Sono innamorata della Fontana di Trevi, que acoge en sus aguas los deseos de los forasteros que anhelan volver

Y lo harán, porque Roma es eterna

Sono innamorata del Trastevere, de su atmósfera decadente y viva al mismo tiempo, de sus fachadas descoloridas y desconchadas, de sus calles pedregosas atestadas de juventud, de sueños, de esperanza.

Sono innamorata della pasta, dei tonnarelli cacio e pepe, della pizza quatro formaggi e del gelato di fior di late.

Anche del vino italiano, mi piace tantissimo.

Sono innamorata delle caffetterie, del aroma a cappuccino, de las largas tardes consumidas con una taza de café entre las manos.

Sono innamorata della Via del Corso, de sus gentes trasteando frenéticamente de tienda en tienda, y también de Piazza Bologna, donde las risas de los jóvenes engalanan las noches romanas.

Sono innamorata del bullicio, del desorden, del caos que engendra cruzar una calle en Roma, cuyos semáforos son un ridículo adorno.

Y, entonces, sucede… Vives en Roma y te enamoras de ella, con la certeza de que es un amor eterno, imperecedero, que trasciende el tiempo y el espacio. Sabes que volverás, que nunca la dejarás atrás, que formará parte de tu pasado, tu presente y tu futuro… Y estará ahí para siempre, para ti.Pongamos que hablo de Roma

 

Canto al Sol

Canto al solConozco el Sol. Su luz ha bañado mis cabellos, entretejiéndolos. Ha cegado mis ojos, me ha estrechado en su pecho.

Los días de invierno eran menos fríos contigo. He jugado con tu brillo irisado, besabas mis párpados con uno solo de tus rayos.

Tu calor me inunda, me envuelve.

Tu aliento misterioso me seduce, eriza cada vello de mi piel, me hace tuya.

Tu energía se fundía con la mía, brotaba por mis venas como el caudal de un río desbocado.

Acaricias mis pisadas, mi sombra baila con la tuya y ya no son dos, solo una.

Un amor tan puro, tan limpio, tan vital, tan espiritual, que las palabras solo sugieren, bosquejan, emulan.

Tu luz es etérea, mística, fugaz, sideral, ancestral.

Recuerdo tu calor, tu dulce vaho.

Casi como la nostalgia de una primavera tenaz, añoro el reflejo de las dalias en el agua.

Serendipia, instinto, pasión.

¿Dónde está Dios?

La Luna, con su batallón de estrellas arrogantes, eclipsa al Sol.

Hoy, el Sol murió.

Giardino degli aranci

Giardino degli aranci

Roma. Roma eran los brazos que jamás dejarían de arrullarla, los labios tibios que siempre escondían el beso más dulce del Universo. Necesitaba ver Roma de cerca, amarla, contemplarla, desnudarla, admirarla. Cuando la melancolía la acechaba hasta asfixiarla precisaba bañarse con su luz y aspirar hasta la última nota de sus aromas. Hoy era un día de esos. Se calzó aquellas sandalias con la suela de esparto desgastada de ilusiones y se apresuró a salir de casa. Bajó las escaleras a trompicones y se encaminó hacia el metro. Nadie era capaz de imaginar cuánto la agobiaban aquellos vagones atestados de gente. Quizá el metro era lo único que detestaba de aquella ciudad, su ciudad.

Se bajó en Circo Massimo y se dirigió presurosa hacia la Bocca della Verità. Al lado se encontraba la callecita que la conduciría a su refugio. Subió aquella infinita cuesta resoplando. En su travesía se topó en primer lugar con aquella majestuosa puerta verde que custodia el Segreto di Roma. No se paró. Siguió avanzando, cada vez se encontraba más próxima a su destino. Por fin. Casi sin aliento y empapada de sudor, vislumbró una de las entradas al jardín. Su paraíso particular siempre estaba abierto para ella.

Secreto de Roma

Las hojas de los árboles reflejaban la luz del sol y la tierra albergaba en su seno las naranjas ya maduras. Parejas enamoradas se comían a besos en los bancos y multitud de turistas se fotografiaban para inmortalizar la bucólica estampa. Era difícil hallar otro tesoro con más vida y colorido que el Giardino degli aranci. Se asomó al mirador. El tiempo pareció congelarse, suspenderse, evaporarse como una mota de polvo en el firmamento. La cúpula de San Pietro y el espectacular e inmaculado monumento de Vittorio Emanuelle desafiaban al cielo, inmersos en aquel paisaje urbano que ejercía sobre ella un misterioso influjo espiritual. Fueron consumiéndose los minutos, las horas quizá.

Un anciano llevaba largo rato observándola. Se acercó lentamente, le dio unos toquecitos en el hombro y, mirándola con una dulzura inconmensurable, le dijo: “Recuerda que nada ha sido ni será. Todo tiene una esencia y un presente”. Cuando se liberó de la ensoñación y quiso responder a aquel buen hombre, él ya se había ido. Aquel regalo de la vida no era casual. Tal vez iba siendo hora de volver a casa.

Baile de máscaras

Baile de máscarasEl aliento de las dalias soplaba como una ardiente ilusión en aquella fría noche de verano. El polvo de las estrellas arañaba el somnoliento cielo, vestido tan solo con un tímido cuarto menguante. La luna había perdido su mitad. Las hojas del naranjo tiritaban mecidas por el viento, siempre tirano.

El agua susurra, murmura una melodía incomprensible para ella. Los árboles, traviesos, parecen arreboles y, en un juego de sombras, ocultan y disfrazan el camino. Es un sueño, un sutil baile de máscaras. Se oye música a lo lejos. ¿Bailará la luna?

Casi hipnotizada, sus delicados pies la dirigían hasta un claro de bosque. El suelo, desnudo, bebía con candor sus saladas y amargas lágrimas. Como impulsada por un resorte o, tal vez, por una pasión encarcelada que ansiaba gritar en libertad, comenzó a girar una y otra vez alrededor de una marchita flor.

Una hermosa mariposa blanca se posó sobre su nariz durante aquella danza macabra. Se detuvo un instante y la observó con mimo. Pronto iba a amanecer.