Rendición

rendicionPor qué no hablamos de la rendición,

de cada lágrima caliente que abrasa mi garganta

cuando me trago las ganas de verte.

Me rendí en tus (a)brazos y hoy me rindo esperando, claudicando.

Me rindo porque eres el mensaje que no llega,

el viaje que no hicimos,

 y las sábanas de esas camas de hotel

que no nos dio tiempo a deshacer.

Se quedaron tantas poesías sin recitar,

tantas calles sin desnudar,

que perderse vestida ya no es tan triste.

Pero qué se supone que hay que hacer

cuando no se borra de tu piel su olor,

qué se hace cuándo no quieres borrarlo.

Y es que tus ojos gritaban un dolor

que nunca me contaste,

pero miraban de verdad,

y eso era más que suficiente.

Quise rendirme en tus besos,

en tus caricias y en tu pelo.

No me dejaste y ahora estoy aquí,

recordándote sin tocarte,

viéndote de lejos.

Que siempre escribo todos mis versos

a mano porque soy una romántica,

y así me va con todo,

así me va contigo.

Yo ya no sé si vivimos con miedo,

con prisa, o es que simplemente

el amor ha dejado de importar, y qué pena.

Me gustan más las comas que los puntos,

los paréntesis antes que cambiar de párrafo.

Por eso yo me rindo a medias,

yo me rindo a ratos,

me rindo pero contigo,

me rindo a tu lado.

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No estábamos destinados a ser

el-tiempo-entre-costuras-antena-3-sira-quirogaTe estuve esperando toda mi vida y, al final, apareciste. Esta podría ser la primera frase de cualquier novela, pero en cambio lo es de nuestra historia. O, mejor dicho, lo era. Pensaba que nunca te irías o al menos yo soñaba con ello, pero resultó ser un espejismo, una absurda e infantil quimera. Casi desde el principio nuestros caminos discurrían por separado, como dos ríos que se afanan en abrazar sus caudales. Nosotros lo conseguimos, pero los dos sabíamos que esa gloria no sería eterna, que la palabra siempre no existía para nosotros. Fantaseamos con el futuro, e incluso llegamos a creer que nuestros sueños se harían realidad, como en los cuentos. Qué equivocados estábamos. Quizá ni siquiera estábamos equivocados, porque incluso cuando nos sentíamos borrachos de felicidad subyacía un poso de tristeza que inevitablemente lo enturbiaba todo. Tal vez en el fondo de mí sabía que estábamos condenados a la fugacidad, que el tiempo corría en nuestra contra y que cada segundo era un regalo. La realidad era una losa demasiado pesada para mí, demasiado certera como para ignorar su existencia. Y, finalmente, sucedió lo que tanto temía, nuestro tiempo se acabó y tocaba separarnos. Era el siguiente paso, el último capítulo de nuestra historia. No sé si te odio, si me resultas indiferente, si me causas dolor o alegría por todos los momentos vividos a tu lado. Lo único que le pido a la vida es comprender por qué tú y yo no estábamos destinados a ser, y algo dentro de mí me dice que tarde o temprano averiguaré la respuesta al enigma.

Invierno sin ti

Invierno sin ti

El invierno se acerca con paso tembloroso y ya no tengo tu mano para que me sostengas, para que me empujes a avanzar. No, no necesito a nadie que mueva mis hilos como si fuera una marioneta, pero me gustaba tener un compañero de vida, alguien que caminara a mi lado y fuera mi confidente, mi amigo, mi amor. ¿Te acuerdas de aquel día que fuimos a pasar la tarde a la sierra y perdimos el autobús de vuelta? Tuvimos que dormir al ras de las estrellas y todo el firmamento parecía nuestro. Hablamos de nuestros sueños, de nuestros miedos, de nuestros proyectos de futuro. Un futuro común, diseñado para los dos. Nos susurramos mil veces que nos queríamos y la luna nos guardó el secreto. Me dormí sobre tu regazo y tú te quitaste el abrigo para que yo no tuviera frío. Quizá contigo siempre sentí algo de frío, el frío que generan las pasiones efímeras y que hacen arder las entrañas. En mi interior sabía que no tendríamos esa casa tan grande con niños correteando por los pasillos y que tampoco nos casaríamos a la orilla del mar. Deseaba con todo mi corazón que sucediera, pero mi intuición me ponía la zancadilla a cada instante, me cortaba las alas y me obligaba a mirar de frente a la realidad. Por eso contigo siempre fui con pies de plomo y eso a ti te dolía.

Hoy me he despertado y ya no estabas a mi lado. Qué tonta, llevas meses sin estarlo, ya he perdido la cuenta. Tengo miedo de no volver a enamorarme, de no conectar tan espiritualmente con nadie como lo hacía contigo. Sin embargo, hoy sé que las buenas rachas no duran eternamente, pero las malas tampoco.

Historia de un beso

marinero enfermera

El susurro de un tango a lo lejos. Yo me mezo, me acerco, te beso. He aguardado tanto tiempo este momento que tu beso es como los destellos de un sueño, fulgores de un mundo de fantasía. Mi estómago revolotea, burbujea, y un inquieto manojo de ilusiones me oprime el pecho y me impide respirar. Al principio es un beso furtivo, travieso, aventurero, que se lanza a explorar territorio desconocido. Parajes exóticos que me seducen y me embrujan como si de un elixir fantasmagórico se tratase. Tu lengua juega al escondite pero yo la encuentro, y no la dejo escapar nunca más. Y es entonces cuando tu lengua y la mía entran en guerra, una guerra en la que no existe la tregua, una guerra en la que ninguno queremos firmar la paz. Después vienen las caricias, una detrás de otra, y nuestros cuerpos bailan un sibilino vals hasta el amanecer.

Y, sin embargo, qué distinto fue nuestro último beso. Un beso que gritaba todas las palabras no dichas, todos los reproches, nuestros duelos más ocultos. Tal vez lo más amargo de todo es que ni siquiera fue un beso con sabor a despedida, sino que estaba disfrazado de punto seguido, cuando en realidad era el más crudo final. Quizá sea imposible recordar todos los besos que nos dimos pero, como con toda buena historia, juro recordar el primero y el último, el principio y el final.

El mar

El mar

Susurro, silabeo tu nombre en el silencio de la noche y las olas del mar lo escupen en partículas de eco. Ahora tu nombre suena extraño, distorsionado, estéreo, escéptico, distante, lejano. Tú te fuiste, pero el mar todavía esconde cada beso que nos dimos, cada caricia, cada sueño compartido. Nadamos en un océano de promesas imposibles, de palabras absurdas que hoy parecen impronunciables. El agua ha borrado tus huellas y tu chaqueta azul marino ya no está tendida en el sillón. Tus libros han desaparecido de la mesita de noche y tu taza de café no está sin fregar en la cocina. La cama es árida como un desierto y las sábanas, pulcras, están frías. Todas las noches le pregunto al mar si vas a volver y un torbellino de emociones secuestra mi cuerpo. Los resquicios de mi alma conocen la respuesta. Lágrimas ardientes escapan de mis ojos y corren a fundirse con el torrente oceánico. El mar guarda un poco de ti, de mí, de nosotros. Hoy no le preguntaré al mar si regresarás a mi lado. Hoy voy a preguntarle si seré capaz de olvidarte.

Siempre es solo un recuerdo

Siempre es solo un recuerdo

Tejería cada recuerdo con hilo de oro y lo trenzaría primorosamente en los albores de mi memoria para que nunca te vayas, para que te quedes siempre conmigo. Nos creímos eternos y olvidamos que la eternidad no es más que un instante, un parpadeo en la férrea dictadura del tiempo. Mi tiempo, tu tiempo, nuestro tiempo ya no existe.

Es el silbido impertinente en un vagón de tren, el poso en una taza de café, la nube de tristeza en la mirada de un niño. ¿Y si intentaras abrazar al Sol? Tú te quemas, pero el Sol se apaga. ¿Y si intentaras robar una estrella? Por mucho que volaras, no llegas. ¿Y si intentaras deshojar una margarita? Es fácil, no te costaría demasiado, pero después de llorar todos sus pétalos se esfumaría su belleza, y solo quedarías tú.

Deambulamos embaucados por el efecto balsámico de la palabra “siempre” y un día sus letras se desvanecen porque siempre es un momento, un segundo. Siempre es hoy, siempre es ahora, pero mañana no. Y, sin embargo, los recuerdos son mi patrimonio, mi insignia, mi historia, y lo serán siempre… O, al menos, lo serán hoy.

Septiembre te inspira

Septiembre te inspira

-Me has encontrado.

-No ha sido muy difícil. Siempre estás aquí.

-Pensé que hoy no vendrías. Está lloviendo y tú odias la lluvia.

-Tú también la odias y, sin embargo, has venido.

Sara cierra la libreta. Las gotas de lluvia emborronan la historia que estaba escribiendo hasta que llegó Ismael. Ahora esa historia no es más que papel mojado, un reflejo de su propia vida.

Ismael y Sara son hermanos. Sara se encuentra sumida en una asfixiante depresión desde que su novio la abandonara hacía ya un año, cuando ella le confesó que estaba embarazada. La ilusión y la plenitud embargaron a Sara cuando descubrió que iba a tener un bebé. Concebir un hijo con el amor de tu vida solo puede causarte felicidad. Sin embargo, Saúl no opinaba igual que ella. Eran demasiado jóvenes y un hijo les estropearía la vida, frenaría sus ambiciones de futuro, estancaría sus ansias de crecimiento. Así que agarró la puerta y se largó, huyendo de una vida que él no había planeado y de la que no quería ser rehén.

Sara pasaba los días llorando. No comía, no dormía. Incluso perdió su trabajo. La desolación terminó por ahogar también a su pequeño, exhausto de nadar en un mar de lágrimas. Y desde entonces su única ocupación era bajar al parque de enfrente de casa a escribir. Escrutaba los rostros de la gente con la que se topaba e imaginaba cómo serían sus vidas. Inventaba historias que nadie leía. Muchos días no era consciente de la noción del tiempo y era Ismael quien bajaba al parque para disuadirla de que volviera a casa, que ya hacía frío y era tarde.

Ismael sabía que Sara detestaba el otoño. Mirar el cielo y contemplarlo asediado de nubarrones la deprimía, como casi todo. Los charcos en la arena, las hojas caídas de los árboles atosigando el suelo.

-¿Sabes?- Dice Ismael- El otoño no está tan mal. Has escrito más relatos en un mes que durante todo el verano. Septiembre te inspira.

-¿Y qué más da que septiembre me inspire si nadie lee lo que escribo? No son más que un puñado de chorradas de una chiquilla perdida.

-Deberías confiar más en ti. ¿Por qué no publicas todo ese puñado de chorradas? Puede que a la gente le interesen. A mí me interesan. Deja que el mundo te sorprenda por una vez en tu vida.

Sara mira a su hermano y esboza una sonrisa temblorosa. Ha parado de llover. Sara abre de nuevo la libreta y palpa las hojas. Al fin y al cabo no están tan mojadas.

-Ismael, dile a mamá que ahora subo. Quiero acabar esta historia. Mi error radica en que nunca escribo el final de mis historias.

-Escribe el final de la historia. No hay nada más urgente ahora mismo.

Respiraciones entrecortadas

Respiraciones entrecortadas

Yo, tan esclava de lo efímero, y tú, tan verdugo de mi tiempo, de
nuestro tiempo. Si cierro los ojos, todavía puedo recordar cada
instante de esa noche, la noche antes de que volvieras a irte.
Entonces siento presión en las sienes, el corazón se me acelera y mi
respiración se entrecorta. Hazme el amor otra vez. Quiero dormir
desnuda abrazada a ti, acostada en una cama deshecha, con mi cuerpo
enroscado en unas sábanas arrugadas. Quiero despertarme acurrucada en
tu pecho y que tu aliento me acaricie el cuello. Te vas otra vez. Mi
alma silente grita de nuevo, pero tú te alejas y mi voz ya no tiene
fuerza, se apaga poco a poco y se funde con el viento en un llanto
sempiterno y amargo. Cierro los ojos y finjo que estoy dormida. Sueños
con sabor a hiel y melancolía. Solo dime una cosa: ¿Volverás?

La concha de nieve

La concha de nieve

Su larga trenza con olor a canela y azahar

Esa mirada limpia y aguamarina que siempre amanece con una nube de amor

Sus manos delicadas, níveas y de dedos esbeltos

Labios tibios color de sangre

Sus orejas son pequeñas y aterciopeladas

Tiene la nariz tímida y chata

Lee. Ella constantemente lee. Pero cuando se aburre nunca más vuelve a tocar ese libro.

-¿Me quieres- Pregunta él.

-A veces- Responde ella.

Ella dice que está buscando una concha chiquitita y blanca como la nieve para hacerse un collar.

Él va a la playa todas las mañanas con el anhelo de encontrar esa concha, pero solo tropieza con conchas parduscas, azabaches y tostadas.

-¿Te gusta alguna de estas, amor?- Pregunta él.

-No- Responde ella.

Una tarde de jueves del mes de noviembre ella decidió que iba a salir a buscar la concha blanca. Hacía tres días y tres noches que el cielo lloraba sin consuelo, exactamente el mismo tiempo que ella llevaba acostándose en una cama vacía. Ella también lloraba. Lloraba gotas de lluvia y amor. Ella salió de casa y caminó a paso rápido hasta que alcanzó la playa. El viento le soplaba con violencia en la cara y enredaba sus lacios cabellos de sol. Se apresuró hasta la orilla con el propósito de hallar por fin la concha blanca. Las olas batían enrabietadas y le impedían vislumbrar la tonalidad de las conchas. La arena se colaba entre las uñas y los dedos de sus pies, produciéndole un escozor insoportable.

De repente algo crujió bajo su pie derecho y un dolor punzante buceó hasta sus sienes. Se agachó y descubrió que tenía algo clavado en la planta del pie. Lo despegó con sus frías manos. Era una concha. Era una concha blanca, aunque bañada por las lágrimas de sangre que su propio pie había llorado. La concha blanca estaba partida, fragmentada, descompuesta. La concha blanca estaba rota.

Contempló durante largo rato la concha. Tal vez ese trozo de concha de nieve fuera un espejo roto de sí misma. Ella lanzó la concha al mar con pueril vehemencia.

-No me gustan las conchas. Ni la arena. Hacen daño en los pies- Pensó.

Ella dio la espalda al mar y emprendió el camino de vuelta a casa. Ella estaba descalza. Ella estaba sola.

 

Querido tú:

Querido túEsta mañana, mientras desayunaba ese café soluble que tanto asco me produce, he decidido que me voy, me marcho, desaparezco. Nada de esto tiene sentido. No tiene sentido que yo te entregue mi vida si tú no quieres abrazarla ni darle calor. Cada vez que me despido de ti, grabo en mi corazón todos los besos y caricias que me has dado y ya deseo volver a verte de nuevo. Nos quedan tantas calles por recorrer, tantas ciudades por descubrir…O eso quisiera yo pensar. Sin embargo, no es difícil intuir que tus prioridades son otras y que tal vez yo sea un estorbo, una piedra que se puede interponer en tu camino impidiéndote avanzar. Yo no quiero ser esa piedra. No sé si te conocí en el momento equivocado, si volveremos a coincidir en otro momento o si es que el momento no lo fue ni lo será nunca, porque yo no soy la persona que estás buscando. Quizá la culpa fue mía por empeñarme en convencerte de que yo valía la pena, de que yo era la persona que te salvaría del naufragio. Lo que se me olvidó probablemente es que yo no tenía que convencerte de nada, sino de que eras tú quien debía sentir que yo te había besado el alma. Luché por conseguirte, luché por que me amaras. Pero siempre tuve la certeza de que no eras completamente mío, que nunca lo fuiste y que puede que nunca llegarás a serlo. Por eso me voy, porque mi amor es tan intenso que no soporta que el tuyo sea un amor a medias, un amor descafeinado. Escribo estas líneas a pesar de que sé que no me iré, que no desapareceré, que romperé en mil pedazos esta carta en cuanto acabe de escribirla. Porque prefiero vivir con la nostalgia de una primavera tenaz que desterrarme a un invierno que no sé cuándo se evaporará.