Canto al Sol

Canto al solConozco el Sol. Su luz ha bañado mis cabellos, entretejiéndolos. Ha cegado mis ojos, me ha estrechado en su pecho.

Los días de invierno eran menos fríos contigo. He jugado con tu brillo irisado, besabas mis párpados con uno solo de tus rayos.

Tu calor me inunda, me envuelve.

Tu aliento misterioso me seduce, eriza cada vello de mi piel, me hace tuya.

Tu energía se fundía con la mía, brotaba por mis venas como el caudal de un río desbocado.

Acaricias mis pisadas, mi sombra baila con la tuya y ya no son dos, solo una.

Un amor tan puro, tan limpio, tan vital, tan espiritual, que las palabras solo sugieren, bosquejan, emulan.

Tu luz es etérea, mística, fugaz, sideral, ancestral.

Recuerdo tu calor, tu dulce vaho.

Casi como la nostalgia de una primavera tenaz, añoro el reflejo de las dalias en el agua.

Serendipia, instinto, pasión.

¿Dónde está Dios?

La Luna, con su batallón de estrellas arrogantes, eclipsa al Sol.

Hoy, el Sol murió.

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Giardino degli aranci

Giardino degli aranci

Roma. Roma eran los brazos que jamás dejarían de arrullarla, los labios tibios que siempre escondían el beso más dulce del Universo. Necesitaba ver Roma de cerca, amarla, contemplarla, desnudarla, admirarla. Cuando la melancolía la acechaba hasta asfixiarla precisaba bañarse con su luz y aspirar hasta la última nota de sus aromas. Hoy era un día de esos. Se calzó aquellas sandalias con la suela de esparto desgastada de ilusiones y se apresuró a salir de casa. Bajó las escaleras a trompicones y se encaminó hacia el metro. Nadie era capaz de imaginar cuánto la agobiaban aquellos vagones atestados de gente. Quizá el metro era lo único que detestaba de aquella ciudad, su ciudad.

Se bajó en Circo Massimo y se dirigió presurosa hacia la Bocca della Verità. Al lado se encontraba la callecita que la conduciría a su refugio. Subió aquella infinita cuesta resoplando. En su travesía se topó en primer lugar con aquella majestuosa puerta verde que custodia el Segreto di Roma. No se paró. Siguió avanzando, cada vez se encontraba más próxima a su destino. Por fin. Casi sin aliento y empapada de sudor, vislumbró una de las entradas al jardín. Su paraíso particular siempre estaba abierto para ella.

Secreto de Roma

Las hojas de los árboles reflejaban la luz del sol y la tierra albergaba en su seno las naranjas ya maduras. Parejas enamoradas se comían a besos en los bancos y multitud de turistas se fotografiaban para inmortalizar la bucólica estampa. Era difícil hallar otro tesoro con más vida y colorido que el Giardino degli aranci. Se asomó al mirador. El tiempo pareció congelarse, suspenderse, evaporarse como una mota de polvo en el firmamento. La cúpula de San Pietro y el espectacular e inmaculado monumento de Vittorio Emanuelle desafiaban al cielo, inmersos en aquel paisaje urbano que ejercía sobre ella un misterioso influjo espiritual. Fueron consumiéndose los minutos, las horas quizá.

Un anciano llevaba largo rato observándola. Se acercó lentamente, le dio unos toquecitos en el hombro y, mirándola con una dulzura inconmensurable, le dijo: “Recuerda que nada ha sido ni será. Todo tiene una esencia y un presente”. Cuando se liberó de la ensoñación y quiso responder a aquel buen hombre, él ya se había ido. Aquel regalo de la vida no era casual. Tal vez iba siendo hora de volver a casa.

Baile de máscaras

Baile de máscarasEl aliento de las dalias soplaba como una ardiente ilusión en aquella fría noche de verano. El polvo de las estrellas arañaba el somnoliento cielo, vestido tan solo con un tímido cuarto menguante. La luna había perdido su mitad. Las hojas del naranjo tiritaban mecidas por el viento, siempre tirano.

El agua susurra, murmura una melodía incomprensible para ella. Los árboles, traviesos, parecen arreboles y, en un juego de sombras, ocultan y disfrazan el camino. Es un sueño, un sutil baile de máscaras. Se oye música a lo lejos. ¿Bailará la luna?

Casi hipnotizada, sus delicados pies la dirigían hasta un claro de bosque. El suelo, desnudo, bebía con candor sus saladas y amargas lágrimas. Como impulsada por un resorte o, tal vez, por una pasión encarcelada que ansiaba gritar en libertad, comenzó a girar una y otra vez alrededor de una marchita flor.

Una hermosa mariposa blanca se posó sobre su nariz durante aquella danza macabra. Se detuvo un instante y la observó con mimo. Pronto iba a amanecer.

Destellos de primavera

Destellos de primavera

Está nublado. Sin embargo el sol, travieso, cuela sus rayos entre las grietas de las nubes, derramando lágrimas de luz que exudan el calor de un beso fugaz

Los árboles, engalanados de primavera, le declaran la guerra al invierno con su honesto festival de colores, recordándonos que la belleza anida escondida detrás de cada gélido recoveco

La golondrina, inquieta, devora con fruición una minúscula miga de pan, manjar de dioses

Sopla el viento y una lluvia de diminutos pétalos lila se vierte sobre la atmósfera cosmopolita, fría, aséptica y mundana

Gajos bucólicos que encajan en el gran puzle de Madrid, que es poesía a ratos… Y a veces versos inconexos

Ciudad

Ciudad

Rosas rojas que el rocío desangra

Palabras vacías que el eco secuestra, acapara

Rostros sin nombre, bullicio atormentado y sin rumbo

Gritos afónicos que nadie escucha

Ansiedad, desasosiego, duda

Octubres apagados, diciembres desdibujados

Un niño escribe en el vaho de una ventana

Preguntas por una calle pero nada, son erratas

Un anciano sentado en el banco de un parque

Autobuses atestados de sujetos

Y predicados que han perdido su verbo

Masa sin entidad ni mismidad

Gris, uniforme, duplicada

CIUDAD

Septiembre te inspira

Septiembre te inspira

-Me has encontrado.

-No ha sido muy difícil. Siempre estás aquí.

-Pensé que hoy no vendrías. Está lloviendo y tú odias la lluvia.

-Tú también la odias y, sin embargo, has venido.

Sara cierra la libreta. Las gotas de lluvia emborronan la historia que estaba escribiendo hasta que llegó Ismael. Ahora esa historia no es más que papel mojado, un reflejo de su propia vida.

Ismael y Sara son hermanos. Sara se encuentra sumida en una asfixiante depresión desde que su novio la abandonara hacía ya un año, cuando ella le confesó que estaba embarazada. La ilusión y la plenitud embargaron a Sara cuando descubrió que iba a tener un bebé. Concebir un hijo con el amor de tu vida solo puede causarte felicidad. Sin embargo, Saúl no opinaba igual que ella. Eran demasiado jóvenes y un hijo les estropearía la vida, frenaría sus ambiciones de futuro, estancaría sus ansias de crecimiento. Así que agarró la puerta y se largó, huyendo de una vida que él no había planeado y de la que no quería ser rehén.

Sara pasaba los días llorando. No comía, no dormía. Incluso perdió su trabajo. La desolación terminó por ahogar también a su pequeño, exhausto de nadar en un mar de lágrimas. Y desde entonces su única ocupación era bajar al parque de enfrente de casa a escribir. Escrutaba los rostros de la gente con la que se topaba e imaginaba cómo serían sus vidas. Inventaba historias que nadie leía. Muchos días no era consciente de la noción del tiempo y era Ismael quien bajaba al parque para disuadirla de que volviera a casa, que ya hacía frío y era tarde.

Ismael sabía que Sara detestaba el otoño. Mirar el cielo y contemplarlo asediado de nubarrones la deprimía, como casi todo. Los charcos en la arena, las hojas caídas de los árboles atosigando el suelo.

-¿Sabes?- Dice Ismael- El otoño no está tan mal. Has escrito más relatos en un mes que durante todo el verano. Septiembre te inspira.

-¿Y qué más da que septiembre me inspire si nadie lee lo que escribo? No son más que un puñado de chorradas de una chiquilla perdida.

-Deberías confiar más en ti. ¿Por qué no publicas todo ese puñado de chorradas? Puede que a la gente le interesen. A mí me interesan. Deja que el mundo te sorprenda por una vez en tu vida.

Sara mira a su hermano y esboza una sonrisa temblorosa. Ha parado de llover. Sara abre de nuevo la libreta y palpa las hojas. Al fin y al cabo no están tan mojadas.

-Ismael, dile a mamá que ahora subo. Quiero acabar esta historia. Mi error radica en que nunca escribo el final de mis historias.

-Escribe el final de la historia. No hay nada más urgente ahora mismo.

Respiraciones entrecortadas

Respiraciones entrecortadas

Yo, tan esclava de lo efímero, y tú, tan verdugo de mi tiempo, de
nuestro tiempo. Si cierro los ojos, todavía puedo recordar cada
instante de esa noche, la noche antes de que volvieras a irte.
Entonces siento presión en las sienes, el corazón se me acelera y mi
respiración se entrecorta. Hazme el amor otra vez. Quiero dormir
desnuda abrazada a ti, acostada en una cama deshecha, con mi cuerpo
enroscado en unas sábanas arrugadas. Quiero despertarme acurrucada en
tu pecho y que tu aliento me acaricie el cuello. Te vas otra vez. Mi
alma silente grita de nuevo, pero tú te alejas y mi voz ya no tiene
fuerza, se apaga poco a poco y se funde con el viento en un llanto
sempiterno y amargo. Cierro los ojos y finjo que estoy dormida. Sueños
con sabor a hiel y melancolía. Solo dime una cosa: ¿Volverás?

La concha de nieve

La concha de nieve

Su larga trenza con olor a canela y azahar

Esa mirada limpia y aguamarina que siempre amanece con una nube de amor

Sus manos delicadas, níveas y de dedos esbeltos

Labios tibios color de sangre

Sus orejas son pequeñas y aterciopeladas

Tiene la nariz tímida y chata

Lee. Ella constantemente lee. Pero cuando se aburre nunca más vuelve a tocar ese libro.

-¿Me quieres- Pregunta él.

-A veces- Responde ella.

Ella dice que está buscando una concha chiquitita y blanca como la nieve para hacerse un collar.

Él va a la playa todas las mañanas con el anhelo de encontrar esa concha, pero solo tropieza con conchas parduscas, azabaches y tostadas.

-¿Te gusta alguna de estas, amor?- Pregunta él.

-No- Responde ella.

Una tarde de jueves del mes de noviembre ella decidió que iba a salir a buscar la concha blanca. Hacía tres días y tres noches que el cielo lloraba sin consuelo, exactamente el mismo tiempo que ella llevaba acostándose en una cama vacía. Ella también lloraba. Lloraba gotas de lluvia y amor. Ella salió de casa y caminó a paso rápido hasta que alcanzó la playa. El viento le soplaba con violencia en la cara y enredaba sus lacios cabellos de sol. Se apresuró hasta la orilla con el propósito de hallar por fin la concha blanca. Las olas batían enrabietadas y le impedían vislumbrar la tonalidad de las conchas. La arena se colaba entre las uñas y los dedos de sus pies, produciéndole un escozor insoportable.

De repente algo crujió bajo su pie derecho y un dolor punzante buceó hasta sus sienes. Se agachó y descubrió que tenía algo clavado en la planta del pie. Lo despegó con sus frías manos. Era una concha. Era una concha blanca, aunque bañada por las lágrimas de sangre que su propio pie había llorado. La concha blanca estaba partida, fragmentada, descompuesta. La concha blanca estaba rota.

Contempló durante largo rato la concha. Tal vez ese trozo de concha de nieve fuera un espejo roto de sí misma. Ella lanzó la concha al mar con pueril vehemencia.

-No me gustan las conchas. Ni la arena. Hacen daño en los pies- Pensó.

Ella dio la espalda al mar y emprendió el camino de vuelta a casa. Ella estaba descalza. Ella estaba sola.

 

Perder para encontrar

Perder para encontrar

Érase una vez un hombre que todos los días recorría la línea 6 del metro de Madrid. Sí, la circular. Y no lo hacía una vez al día sino dos. Una a las 9 de la mañana y otra a las 12 de la noche. No le gustaba montarse ni en los primeros vagones ni en los últimos. Siempre escogía algún vagón hacia la mitad del convoy. Le parecía que esta elección le otorgaba perspectiva. Perspectiva para ver, mirar, observar, escudriñar.  Saúl había perdido su trabajo hacía tres meses. Hacía dos, también había perdido a su pareja.  Siempre se había repuesto de los golpes que le iba dando la vida. Se caía y se levantaba. En eso consiste la vida, se decía. Pero esta vez era diferente. Manuela  tenía 20 años menos que él. Era hermosa y elegante, aunque no presuntuosa. Estaba dotada de una de esas bellezas tranquilas. Una de esas bellezas que acarician la mirada pero no la intimidan. Manuela estaba perdidamente enamorada de Saúl. A los pocos meses de conocerse, ella se había mudado a su casa. Había trastocado sus horarios, alterado sus rutinas. Era experta en coger una cosa y no devolverla a su lugar inicial, sencillamente porque era incapaz de recordarlo. Lejos de irritarle, a Saúl le encantaba el delicioso desorden de Manuela. Quizá porque él era exactamente igual. Saúl siempre soñó con ser escritor. Lector insaciable, siempre portaba consigo alguna novela y también una libreta. Nunca se sabe cuándo puede acecharte la inspiración. Saúl tuvo que conformarse con ser periodista. Era lo más parecido a ser escritor. En sus ratos libres escribía, solo escribía. En los últimos meses también salía a cenar con Manuela, a dar paseos interminables por el Retiro y a bailar hasta el amanecer. Hasta que un día se quedó sin trabajo. El director del periódico decidió prescindir de un nutrido grupo de periodistas entre los que se hallaba él. Y entonces todo cambió. Cambió su carácter, sus rutinas…E incluso su relación con Manuela. Ya no salían a cenar ni pasaban las tardes en el Retiro. Ahora solo discutían. Discutían por qué cocinarían para comer, por qué programa verían por la noche y por quién fregaría ese día los platos. Hasta que un día Saúl se despertó y ella ya no estaba.

Tampoco estaban sus zapatos de tacón esparcidos por el suelo, ni su barra de labios en el lavabo, ni sus pendientes en la mesilla de noche. No quedaba nada de ella en aquel piso que ahora le parecía pequeño y sucio. Una lágrima de rabia se escapó de sus ojos color miel y resbaló por su barba descuidada y llena de canas. Fue la primera de las muchas lágrimas que derramó aquel domingo del mes de abril. No recordaba haber llorado con aquella intensidad desde que era niño. Era un llanto convulso, desconsolado, infantil. Tanto lloró que olvidó coger el metro a las 12 de la noche.  Tal vez mañana a las 9 saliera a pasear, a sentir el aire frío en su cara. Ya no le gustaba el metro, ni la línea circular. Ya no le gustaba dar vueltas en su propia mierda. Tal vez él había necesitado perder para encontrar.

Querido tú:

Querido túEsta mañana, mientras desayunaba ese café soluble que tanto asco me produce, he decidido que me voy, me marcho, desaparezco. Nada de esto tiene sentido. No tiene sentido que yo te entregue mi vida si tú no quieres abrazarla ni darle calor. Cada vez que me despido de ti, grabo en mi corazón todos los besos y caricias que me has dado y ya deseo volver a verte de nuevo. Nos quedan tantas calles por recorrer, tantas ciudades por descubrir…O eso quisiera yo pensar. Sin embargo, no es difícil intuir que tus prioridades son otras y que tal vez yo sea un estorbo, una piedra que se puede interponer en tu camino impidiéndote avanzar. Yo no quiero ser esa piedra. No sé si te conocí en el momento equivocado, si volveremos a coincidir en otro momento o si es que el momento no lo fue ni lo será nunca, porque yo no soy la persona que estás buscando. Quizá la culpa fue mía por empeñarme en convencerte de que yo valía la pena, de que yo era la persona que te salvaría del naufragio. Lo que se me olvidó probablemente es que yo no tenía que convencerte de nada, sino de que eras tú quien debía sentir que yo te había besado el alma. Luché por conseguirte, luché por que me amaras. Pero siempre tuve la certeza de que no eras completamente mío, que nunca lo fuiste y que puede que nunca llegarás a serlo. Por eso me voy, porque mi amor es tan intenso que no soporta que el tuyo sea un amor a medias, un amor descafeinado. Escribo estas líneas a pesar de que sé que no me iré, que no desapareceré, que romperé en mil pedazos esta carta en cuanto acabe de escribirla. Porque prefiero vivir con la nostalgia de una primavera tenaz que desterrarme a un invierno que no sé cuándo se evaporará.