Giardino degli aranci

Giardino degli aranci

Roma. Roma eran los brazos que jamás dejarían de arrullarla, los labios tibios que siempre escondían el beso más dulce del Universo. Necesitaba ver Roma de cerca, amarla, contemplarla, desnudarla, admirarla. Cuando la melancolía la acechaba hasta asfixiarla precisaba bañarse con su luz y aspirar hasta la última nota de sus aromas. Hoy era un día de esos. Se calzó aquellas sandalias con la suela de esparto desgastada de ilusiones y se apresuró a salir de casa. Bajó las escaleras a trompicones y se encaminó hacia el metro. Nadie era capaz de imaginar cuánto la agobiaban aquellos vagones atestados de gente. Quizá el metro era lo único que detestaba de aquella ciudad, su ciudad.

Se bajó en Circo Massimo y se dirigió presurosa hacia la Bocca della Verità. Al lado se encontraba la callecita que la conduciría a su refugio. Subió aquella infinita cuesta resoplando. En su travesía se topó en primer lugar con aquella majestuosa puerta verde que custodia el Segreto di Roma. No se paró. Siguió avanzando, cada vez se encontraba más próxima a su destino. Por fin. Casi sin aliento y empapada de sudor, vislumbró una de las entradas al jardín. Su paraíso particular siempre estaba abierto para ella.

Secreto de Roma

Las hojas de los árboles reflejaban la luz del sol y la tierra albergaba en su seno las naranjas ya maduras. Parejas enamoradas se comían a besos en los bancos y multitud de turistas se fotografiaban para inmortalizar la bucólica estampa. Era difícil hallar otro tesoro con más vida y colorido que el Giardino degli aranci. Se asomó al mirador. El tiempo pareció congelarse, suspenderse, evaporarse como una mota de polvo en el firmamento. La cúpula de San Pietro y el espectacular e inmaculado monumento de Vittorio Emanuelle desafiaban al cielo, inmersos en aquel paisaje urbano que ejercía sobre ella un misterioso influjo espiritual. Fueron consumiéndose los minutos, las horas quizá.

Un anciano llevaba largo rato observándola. Se acercó lentamente, le dio unos toquecitos en el hombro y, mirándola con una dulzura inconmensurable, le dijo: “Recuerda que nada ha sido ni será. Todo tiene una esencia y un presente”. Cuando se liberó de la ensoñación y quiso responder a aquel buen hombre, él ya se había ido. Aquel regalo de la vida no era casual. Tal vez iba siendo hora de volver a casa.

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