La concha de nieve

La concha de nieve

Su larga trenza con olor a canela y azahar

Esa mirada limpia y aguamarina que siempre amanece con una nube de amor

Sus manos delicadas, níveas y de dedos esbeltos

Labios tibios color de sangre

Sus orejas son pequeñas y aterciopeladas

Tiene la nariz tímida y chata

Lee. Ella constantemente lee. Pero cuando se aburre nunca más vuelve a tocar ese libro.

-¿Me quieres- Pregunta él.

-A veces- Responde ella.

Ella dice que está buscando una concha chiquitita y blanca como la nieve para hacerse un collar.

Él va a la playa todas las mañanas con el anhelo de encontrar esa concha, pero solo tropieza con conchas parduscas, azabaches y tostadas.

-¿Te gusta alguna de estas, amor?- Pregunta él.

-No- Responde ella.

Una tarde de jueves del mes de noviembre ella decidió que iba a salir a buscar la concha blanca. Hacía tres días y tres noches que el cielo lloraba sin consuelo, exactamente el mismo tiempo que ella llevaba acostándose en una cama vacía. Ella también lloraba. Lloraba gotas de lluvia y amor. Ella salió de casa y caminó a paso rápido hasta que alcanzó la playa. El viento le soplaba con violencia en la cara y enredaba sus lacios cabellos de sol. Se apresuró hasta la orilla con el propósito de hallar por fin la concha blanca. Las olas batían enrabietadas y le impedían vislumbrar la tonalidad de las conchas. La arena se colaba entre las uñas y los dedos de sus pies, produciéndole un escozor insoportable.

De repente algo crujió bajo su pie derecho y un dolor punzante buceó hasta sus sienes. Se agachó y descubrió que tenía algo clavado en la planta del pie. Lo despegó con sus frías manos. Era una concha. Era una concha blanca, aunque bañada por las lágrimas de sangre que su propio pie había llorado. La concha blanca estaba partida, fragmentada, descompuesta. La concha blanca estaba rota.

Contempló durante largo rato la concha. Tal vez ese trozo de concha de nieve fuera un espejo roto de sí misma. Ella lanzó la concha al mar con pueril vehemencia.

-No me gustan las conchas. Ni la arena. Hacen daño en los pies- Pensó.

Ella dio la espalda al mar y emprendió el camino de vuelta a casa. Ella estaba descalza. Ella estaba sola.

 

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