Perder para encontrar

Perder para encontrar

Érase una vez un hombre que todos los días recorría la línea 6 del metro de Madrid. Sí, la circular. Y no lo hacía una vez al día sino dos. Una a las 9 de la mañana y otra a las 12 de la noche. No le gustaba montarse ni en los primeros vagones ni en los últimos. Siempre escogía algún vagón hacia la mitad del convoy. Le parecía que esta elección le otorgaba perspectiva. Perspectiva para ver, mirar, observar, escudriñar.  Saúl había perdido su trabajo hacía tres meses. Hacía dos, también había perdido a su pareja.  Siempre se había repuesto de los golpes que le iba dando la vida. Se caía y se levantaba. En eso consiste la vida, se decía. Pero esta vez era diferente. Manuela  tenía 20 años menos que él. Era hermosa y elegante, aunque no presuntuosa. Estaba dotada de una de esas bellezas tranquilas. Una de esas bellezas que acarician la mirada pero no la intimidan. Manuela estaba perdidamente enamorada de Saúl. A los pocos meses de conocerse, ella se había mudado a su casa. Había trastocado sus horarios, alterado sus rutinas. Era experta en coger una cosa y no devolverla a su lugar inicial, sencillamente porque era incapaz de recordarlo. Lejos de irritarle, a Saúl le encantaba el delicioso desorden de Manuela. Quizá porque él era exactamente igual. Saúl siempre soñó con ser escritor. Lector insaciable, siempre portaba consigo alguna novela y también una libreta. Nunca se sabe cuándo puede acecharte la inspiración. Saúl tuvo que conformarse con ser periodista. Era lo más parecido a ser escritor. En sus ratos libres escribía, solo escribía. En los últimos meses también salía a cenar con Manuela, a dar paseos interminables por el Retiro y a bailar hasta el amanecer. Hasta que un día se quedó sin trabajo. El director del periódico decidió prescindir de un nutrido grupo de periodistas entre los que se hallaba él. Y entonces todo cambió. Cambió su carácter, sus rutinas…E incluso su relación con Manuela. Ya no salían a cenar ni pasaban las tardes en el Retiro. Ahora solo discutían. Discutían por qué cocinarían para comer, por qué programa verían por la noche y por quién fregaría ese día los platos. Hasta que un día Saúl se despertó y ella ya no estaba.

Tampoco estaban sus zapatos de tacón esparcidos por el suelo, ni su barra de labios en el lavabo, ni sus pendientes en la mesilla de noche. No quedaba nada de ella en aquel piso que ahora le parecía pequeño y sucio. Una lágrima de rabia se escapó de sus ojos color miel y resbaló por su barba descuidada y llena de canas. Fue la primera de las muchas lágrimas que derramó aquel domingo del mes de abril. No recordaba haber llorado con aquella intensidad desde que era niño. Era un llanto convulso, desconsolado, infantil. Tanto lloró que olvidó coger el metro a las 12 de la noche.  Tal vez mañana a las 9 saliera a pasear, a sentir el aire frío en su cara. Ya no le gustaba el metro, ni la línea circular. Ya no le gustaba dar vueltas en su propia mierda. Tal vez él había necesitado perder para encontrar.

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3 pensamientos en “Perder para encontrar

  1. Muy bueno el microcuento. Muy buena la escritora. Deseo que pronto sus escritos sean conocidos y satisfagan a muchos amantes de la lectura, y a ella por compartirlos. Sigue así Adriana “Periodista/Actriz”
    Te quiero. Esperanza.

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  2. Muy tarde el comentario, pero realmente sincero: me ha encantado el cuento. Ser padre es algo grande y bien difícil, y es algo que los libros nunca enseñan, escribí hace tiempo – ya demasiado – en un poema que te dediqué. Hoy me siento legítimamente orgulloso, por una de tus dedicatorias, escrita en uno de los libros que me regalasteis. Que ames la Literatura es un triunfo mío.
    Sigue en tu linea. Y recuerda a tu padre: “El que resiste, gana”.
    Te quiero mucho.

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